Empoderada

Mi madre y mi sobrina
Mi madre es una poderosa mujer, digo “es” porque dentro de mí su presencia continua, a pesar que la distancia etérea nos separa.
Se enfrentó a criar a seis loquillos junto con mi padre que también es otro personaje, al él le dedicaré otro momento.
Para el año que ella nació, 1928, Venezuela estaba en una efervescencia creativa, se renuevan las artes y la literatura. Lindbergh aterriza en Maracay recibido con honores por Juan Vicente Gómez.
Me debo imaginar a mi abuela trabajando en su casa de Bobures al Sur del lago de Maracaibo del Zulia, sin importarle si Beatriz Peña gana los carnavales en Caracas o si se firma el Tratado de Svalbard.
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| Josefa Antonia Escobar Ferrer - Mi madre |
Lo que seguramente estaban todos pendientes es de la inauguración del Malecón de Maracaibo que sería el centro neurálgico del comercio de la zona occidental del país, chalanas, pequeños barcos turísticos, buques medianos encontrarán el espacio acondicionado para entrar en la ciudad sin peligros ya que contaba con un gran faro con un alcance de 60 millas. Esta construcción fue un gran proyecto para esa década. Pasarán muchos años antes de construirse el puente.
Volvamos a mi madre, no tengo referencias de su juventud más allá de algunas anécdotas sueltas, sobre cómo conoció a mi padre y su gran gusto por el baile.
Cómo le encantaba bailar, también cantar. Su sonrisa era espléndida y su risa, tanto como sus enfados y sus pocas tristezas.
Le recuerdo siempre trabajando en lo que le gustaba, de organizar actividades y de su astucia en los negocios. Sus estudios eran básicos, pero su destreza con los números era impresionante, además de su escritura. Siempre firmó Josefa Escobar de Ramirez y le conocían como la Señora Ramírez pero su hermanas y sobrinos le llamaban Tota, tia Tota.
De su familia decidió irse a Caracas, allí mis padres nunca contaron esa odisea, solo contaban lo bueno, el primer edificio de Altavista, en Catia, luego nuestra casa en la Av. Sucre.
Desde allí es lo que recuerdo, el sonido de su máquina de coser, el olor del café las mañanas y siempre sus ganas de hacer algo nuevo cada día.
Mi madre tenía unas hermosas manos, de dedos delgados, uñas largas y firmes, manos que lavaban ropa, hacían deliciosas arepas y se agitaban con canciones en navidad.
Fue la primera mujer que reconozco como empoderada, manejaba su dinero, se daba sus caprichos y siempre andaba bien arreglada al salir con sus collares y pendientes su sencillez era muy elegante.
Ir a misa, visitar a la familia siempre era recibida con respeto, admiración y hasta un poco de temor.
Sus palabras eran contundentes, siempre nos hablaba de “usted” decía alguna frase malsonante, de hecho cuando las decíamos nosotros era mejor huir porque su furia era inmediata y su zapatilla llegaba a nuestras nalgas con la velocidad del rayo. Cuando empezó a hablarme de “tú”, me sentí muy extraña, ell significaba intimidad, secretismo o quería que bajara la guardia e hiciera, por ella, algo que sabía perfectamente que en cualquier momento le diría “no”.
Si alguien sabe hacer algo que o haga, si no lo hace el problema es de esa persona no tuyo. Josefa de Ramírez
Siempre la vi como una gran comerciante, que no dependía de mi padre para hacer las cosas. Todas su amistades y familia le admiraban por ello. Cuando llegaba a casa de mis abuelos en Maracaibo, era una gran momento, todos desfilaban a ver a “Tía Tota” a contarle sus historias, mostrarle los nacimientos o invitarle a alguna boda o bautizo.
Siempre reservo un día, antes de cualquier actividad, para visitar los sepulcros de mis abuelos. Luego pasear por el mercado, tomar un batido de coco y comprarse unas conservas.
Ella era una excelente gerente, a pesar que en Venezuela una mujer emprendedora y autosuficiente era muy rara, mucho más si es de familia humilde. Les dije que vivíamos en la Avenida Sucre de Catia? No tenía un gran despacho, ni una oficina, trabajó siempre desde casa, en la mesa del comedor, con sus papeles, productos y un teléfono. Revisaba el inventario, los seleccionaba y repartía entre sus clientas, no manejo internet, ni redes sociales pero todo el mundo le conocía entre las señoras que distribuyen productos a domicilio. No conducía, iba con su bolso y talonario a buscar nuevas clientas, dos o tres veces para hacer el pedido. Alguna vez hasta fue madrina en algún bautizo, comunión o boda. Fue cuestionada por gente que no veía con buen ojo que trabajara una mujer casada y con hijos, tuviera su propia cuenta de ahorros y se manejara de manera independiente.
Sus cuestionamientos hacia otras personas eran para entender la razón que tuvo esa persona para hacer esto o lo otro y decía “si le va bien y eso es lo que quiere…” sin juzgar . Siempre que eso no le dañara física, emocional o mentalmente si así fuera el caso allí sí era muy severa, sin medias tintas. No toleró el cigarrillo y mucho menos las drogas. Un buen vino le gustaba, pero no en exceso. Disfrutó de cocinar, inventar o seguir recetas. Extraños su guisos y su arroz con pollo.Uhmmm!!
Las frutas a temperatura ambiente, los refrescos fríos, el arroz, el café y las sopas muy muy calientes. Adoraba ir a comer fuera al aire libre o en un restaurante.
También jugar al bingo con su amigas, bailar y jugar dominó donde no tenía rival.
Aprendió muchas cosas que luego puso en práctica, no le tuvo temor las nuevas tecnologías, ni los retos. Como la matriarca se enfrentó a muchos momentos rudos.
Utilizó el sarcasmo, la diplomacia y el buen humor como armas ante cualquier enfrentamiento.
Mi madre luchó por lo que amaba y amaba su independencia.
Esa es mi madre empoderada,
Josefa Antonia Escobar Ferrer, nació el 19 de marzo de 1928.
La sonrisa de mi madre quedó en mi mente en 16 de marzo de 2021
